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Para muchos, tener un coche con el que desplazarse supone una gran ventaja porque permite cierta libertad de movimientos e independencia, sobre todo para aquellos que viven en núcleos rurales o barrios periféricos.

Ha supuesto también un gran avance en la ajetreada vida de la mujer trabajadora, así como una ayuda para la emancipación de los jóvenes. Sin embargo, cuando adquirimos un vehículo no sólo hemos de fijarnos en el precio de venta, sino que hemos de tener en cuenta una serie de gastos con los que hemos de correr si queremos mantener el coche en perfectas condiciones, además de prever ciertos imprevistos.
Para empezar, hay que saber que el coche tiene ciertos gastos fijos que dependen del kilometraje al que se le someta: neumáticos, cambios de aceite y filtros, pastillas de freno, comprobación del motor y las bujías… Además de esto, existen varias piezas en su composición que pueden tener un desgaste variable difícilmente medible, dependiendo de lo mucho o poco que utilicemos el vehículo. Aparte de todo esto, se sitúa principalmente el gasto en combustible, que supondrá un mayor o menor desembolso según el precio del petróleo, del tipo de gasolina o gasoil que lleve el coche, de la velocidad a la que viajemos y la frecuencia.
De media, los conductores españoles gastan alrededor de 450 y 800 euros en el mantenimiento de su vehículo al año. Se suele visitar el taller unas dos veces al año, sobre todo para revisar el coche si se va a realizar un viaje largo; en cada una de estas ocasiones se gasta una media de 200 euros sólo en la revisión, las piezas que hayan de reemplazarse suponen un desembolso aparte. En general, se ha calculado que el mantenimiento del vehículo supone un cuarenta por ciento de su coste inicial, invertido principalmente en estas visitas al taller de reparación. Aun así, los expertos aseguran que los gastos en el taller han disminuido mucho en los últimos años, primero porque los propietarios cambian con más frecuencia de coche, y segundo porque gracias a constantes innovaciones, la fabricación de los vehículos y su fiabilidad han mejorado notablemente. En general, en este mantenimiento se paga mucho más por la mano de obra que por el trabajo en sí, que es la principal queja de los conductores; esta es otra de las consecuencias de la reducción de intervenciones en los talleres mecánicos.
A todo esto, hay que sumarle las averías imprevistas que pueden surgir en cualquier momento, ya sea antes de arrancar el coche en el garaje o bien en medio de un viaje de largo recorrido. Los incidentes más usuales son los que afectan al sistema eléctrico, seguidas de cerca por los que se originan en el tubo de escape y en el catalizador del motor. También son notorios los problemas surgidos en la dirección del automóvil, la convergencia de las ruedas y la suspensión. Y hay que tener en cuenta que la falta de uso afecta sobremanera al buen funcionamiento del coche, por lo que si se ha pasado un buen tiempo sin rodarlo habrá que revisar elementos como los neumáticos (abombado y rotura interna de sus capas), líquido de frenos, motores y transmisiones. Asimismo, hay que calcular que será bastante diferente (económicamente hablando) mantener un coche de lujo, con todos los extras que conllevan, que un utilitario de pequeño tamaño que utilizamos para circular por la ciudad.
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